Una furia se estaba
apoderando de mí. Tenía que salir de ese lugar, esta vez me iría de verdad. Cogí mi chaqueta y preparé mis cosas. En
el salón de la primera casa se encontraba toda mi familia disfrutando de la
televisión. Eran las 22:00, sin mirar atrás y sin dejar ninguna nota salí con
mi equipaje al corredor del segundo piso. Llamé al ascensor.
Salí del portal, estaba lloviendo a
cántaros, pero no me importaba. Empecé a correr
por la calle Ramón Lluil dejando a mi espalda el Opencor y el Carrer de Serpis,
donde se alquilaba la película de los sábados.
Al final me detuve en un
parque de la Gran Vía ante la librería París Valencia. Tenía frío, mi mundo se derrumbaba. Dejé
en el suelo, cerca del banco donde estaba sentada, mi maleta y mi bolsa de
mano. Escondí mi rostro entre mis manos
y dejé que todas las lágrimas que había reprimido salieran de su pequeña jaula.
Estuve a sí horas y horas, la gente me miraba, pero no tenían valor para
acercarse a mí e ignoraban la situación. Ya eran las dos de la
madrugada, la lluvia no había cesado, tenía frío, sueño y hambre. Un joven de la Universidad se acercó y me dijo que
confiara en él. Le creí y le acompañe en su apartamento.



