Como
otras tantas veces me senté junto a la ventana, anhelando aquellos días en el
que el sol para mí lucía espléndidamente y el aire acariciaba lo que en su día
fue un bello rostro. Desde mi ventana se podía apreciar un instituto rodeado de
varios edificios . Empezaba a preguntarme si merecía la pena vivir y seguir luchando. Cada vez me quedaban menos
fuerzas a causa de la medicación y estaba calva. Ya no me acordaba
de lo que era tener una vida normal, sin tubos, goteros ni pastillas. Si salía
de ésta, estudiaría medicina y más tarde periodismo.
Echaba
en falta mi instituto, a mis amigos, familiares y profesores. Deseaba sentirme
con fuerza para hacer excursiones y practicar deportes, sobre todo natación y
acrosport. Recordaba la gran bailarina de ballet en la que me había convertido
y me preguntaba si todo lo que había vivido antes de sufrir mi enfermedad había
sido solo un hermoso sueño…no, no podía rendirme tan fácilmente,
¡CON
LOS SUEÑOS QUE AÚN TENÍA POR CUMPLIR!
No
podía pensar en ello, miré el reloj que me regaló mi hermana, eran las tres de
la tarde, una de las peores horas del día a día, porque era el momento de la
medicación, estaba tan harta…
Llamaron
a la puerta__Pase__ contesté con voz monótona esperando como siempre a la
enfermera. Pero no esperaba encontrarme con la persona que entró por la puerta,
eufórica y encantada la saludé
__
¡MAMÁ!__exclamé presa de la emoción aún sin poder creérmelo
__
¡qué alegría volver a verte!__.Pasaron tres segundos, que a mí me parecieron
eternos, evaluándonos con la mirada, luego ella me preguntó
__¿
qué tal te encuentras Aura?, Te veo demasiado delgada…__la veía muy triste y
preocupada, cuando la miraba a sus ojos me daba cuenta de que ella pensaba que
yo no saldría de esta, aún así yo intentaba despreocuparla
__
La medicación me hace vomitar algunas veces y también me quita el apetito, pero
voy mejorando__en realidad yo no pensaba que hubiese mejora y mi madre también
lo sabía porque me conocía y sabía que la estaba mintiendo. Mi madre era
delgada, de estatura mediana, su pelo era de un marrón chocolate y rizado. Ahora
ella lo lucía corto porque le parecía más cómodo. Solía vestir siempre con
vaqueros y camisetas o suéteres de tonos oscuros. Desde que me puse enferma no
la volvía a ver sonreír, y a mí eso me entristecía, ya que no podía hacer nada
al respecto.
Sacó
de su bolso un nuevo diario para poder desahogarme cuando lo necesitara y un
teléfono móvil por si necesitaba cualquier cosa. A continuación sacó de una
bolsa de Prepuetuna una manta, que había hecho ella misma, para cuando tuviese
frío. En ese momento entró una enfermera
para examinarme, ver cómo iban los goteros y darme la medicación. Para cuando la enfermera hubo
acabado mi madre ya se había marchado. La enfermera me dio la fecha en la tendría que ir al hospital Good Samaritan para
hacerme unas analíticas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario