domingo, 5 de febrero de 2012

Algo por lo que luchar


Como otras tantas veces me senté junto a la ventana, anhelando aquellos días en el que el sol para mí lucía espléndidamente y el aire acariciaba lo que en su día fue un bello rostro. Desde mi ventana se podía apreciar un instituto rodeado de varios edificios . Empezaba a preguntarme si merecía la pena vivir y  seguir luchando. Cada vez me quedaban menos fuerzas a causa de la medicación y estaba calva. Ya no me acordaba de lo que era tener una vida normal, sin tubos, goteros ni pastillas. Si salía de ésta, estudiaría medicina y más tarde periodismo.

Echaba en falta mi instituto, a mis amigos, familiares y profesores. Deseaba sentirme con fuerza para hacer excursiones y practicar deportes, sobre todo natación y acrosport. Recordaba la gran bailarina de ballet en la que me había convertido y me preguntaba si todo lo que había vivido antes de sufrir mi enfermedad había sido solo un hermoso sueño…no, no podía rendirme tan fácilmente,
¡CON LOS SUEÑOS QUE AÚN TENÍA POR CUMPLIR!

No podía pensar en ello, miré el reloj que me regaló mi hermana, eran las tres de la tarde, una de las peores horas del día a día, porque era el momento de la medicación, estaba tan harta…

Llamaron a la puerta__Pase__ contesté con voz monótona esperando como siempre a la enfermera. Pero no esperaba encontrarme con la persona que entró por la puerta, eufórica y encantada la saludé

__ ¡MAMÁ!__exclamé presa de la emoción aún sin poder creérmelo

__ ¡qué alegría volver a verte!__.Pasaron tres segundos, que a mí me parecieron eternos, evaluándonos con la mirada, luego ella me preguntó

__¿ qué tal te encuentras Aura?, Te veo demasiado delgada…__la veía muy triste y preocupada, cuando la miraba a sus ojos me daba cuenta de que ella pensaba que yo no saldría de esta, aún así yo intentaba despreocuparla

__ La medicación me hace vomitar algunas veces y también me quita el apetito, pero voy mejorando__en realidad yo no pensaba que hubiese mejora y mi madre también lo sabía porque me conocía y sabía que la estaba mintiendo. Mi madre era delgada, de estatura mediana, su pelo era de un marrón chocolate y rizado. Ahora ella lo lucía corto porque le parecía más cómodo. Solía vestir siempre con vaqueros y camisetas o suéteres de tonos oscuros. Desde que me puse enferma no la volvía a ver sonreír, y a mí eso me entristecía, ya que no podía hacer nada al respecto.

Sacó de su bolso un nuevo diario para poder desahogarme cuando lo necesitara y un teléfono móvil por si necesitaba cualquier cosa. A continuación sacó de una bolsa de Prepuetuna una manta, que había hecho ella misma, para cuando tuviese frío. En  ese momento entró una enfermera para examinarme, ver cómo iban los goteros y darme la  medicación. Para cuando la enfermera hubo acabado mi madre ya se había marchado. La enfermera me dio la fecha en la  tendría que ir al hospital Good Samaritan para hacerme unas analíticas.

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