No le dije a mi
madre que los medicamentos no me estaban surtiendo efecto. Si queréis que os
diga la verdad, no se por qué cometí esa estupidez, pero sí que estaba segura
de que quería continuar con mi vida y no arrebatármela. También estaba segura
de que quería aclarar las cosas con Jason.
Un frío y
tormentoso jueves de finales de octubre me sentí desfallecer, mis síntomas habían
ido empeorando, sentía como si la enfermedad estuviera ganando la batalla, tuve
el presentimiento de que ese podía ser el fin de mi existencia.
Por la tarde al
acabar las clases Jason y yo dimos un paseo. Él se mostraba horriblemente frío,
su mirada no mostraba ni una pizca de amor. Tenía que saber la verdad antes de
dejarlo todo, me enfrenté a él. Lo miré a aquellos ojos verdes que me volvían
loca.
No reconocí mi voz
cuando le pregunté— Jason, ¿qué nos está pasando? Ya no te reconozco, tu
mirada ya no muestra calidez, ni si
quiera me tocas—.
Él desvió la
mirada al suelo. Cerré los ojos y encerré bajo llave las ganas de llorar.
Sabía lo que venía a continuación. Pero me equivoqué, fue mucho peor de lo
que me esperaba. La arpía había manipulado a Jason, haciéndolo creer que yo le
estaba siendo infiel y que me dedicaba a sabotearla. Después se dedicó a
seducirlo y a llevarlo a su terreno. Lo que más me dolió fue que confiara más
en ella que en mí por el mero hecho de que haber sido su primer amor y de conocerla,
prácticamente, de toda la vida.
Realmente eso me
hundió y por un momento dejé de luchar. En esos segundos en los que me rendí,
los malestares tomaron el bando, pensé que no saldría de esta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario